
A los 24 años, Hernán (Ignacio Toselli) sobrevive apenas trabajando como mensajero en una de las incontables –y por lo común efímeras– "empresas de servicios" del conurbano: junto con otros dos compañeros aguarda en un local de mala muerte la llegada de los encargos que distribuye con su moto. Su familia ha emigrado poco antes a España para probar suerte, y Hernán vive solo por el momento en el chalet paterno, recuerdo de tiempos ciertamente mejores para una clase media que ve encogerse sus horizontes. Allí llevará como inquilina a Patricia (Mariana Anghileri), joven empleada de una estación de servicio cercana a la que no se atreve a abordar. Luego de un breve período de felicidad al trocarse el inquilinato en una previsible historia de amor, Hernán verá su casa invadida por los padres de la chica, recién llegados de Mar del Plata. Tras distintas peripecias en un medio crecientemente enrarecido, con Patricia cada vez más lejana, con los padres, antaño amables y agradecidos, tomando ventajas cada vez mayores de la situación (llegan incluso a instalar una desmantelada fábrica de churros en el living, contratando inmigrantes ilegales para operar la primitiva maquinaria), y tras la pérdida de su trabajo, Hernán terminará por tomar una drástica decisión de resultado incierto.
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